12 ago. 2014

Como el ave fénix

Y quitarme los malos momentos y recuerdos de encima como cuando me crujen los huesos de la espalda al estirarme. Como si nada hubiera pasado, de repente te sientes bien, alejada de aquello que en algún momento -un lejano momento que parece a millas de donde te encuentras ahora- te causó dolor.

Hay miles de dolores diferentes, aquellos que te duelen directamente en el corazón, donde más duele, sin necesidad de que haya ningún gesto, ningún golpe, porque hay palabras que hieren más que las espadas. Dentro muy dentro de ti, donde nadie más puede llegar, donde nadie más puede intentar curarte.

Solo tú tienes el poder de cerrar viejas heridas, llenándote de cicatrices y resarciéndote de ellas, pues significan batallas ganadas, y todas ellas constituyen una gran guerra. La guerra de tu vida. Porque la vida no es más que luchar, todos debemos sacar nuestras armas a relucir, a que el sol las bese y las bendiga para salir ilesos de la batalla o, al menos, aprender de ella y renacer aun cuando te creías vencido.

Porque la vida da muchas vueltas, y solo tú eres capaz de volver a coger el escudo y la espada aun habiendo caído, aun cuando alguien pasó por encima tuyo y le vitorearon por haber ganado la batalla. Después de aquello te sentirás vencido y derrotado, pero la batalla termina solo cuando tú quieras que acabe, puedes quedarte tirado en la liza o levantarte y seguir luchando, luchando por sobrevivir, por superarte, por renacer.

Ármate de valor y renace de tus cenizas como el ave fénix, y deja sorprendidos a aquellos que pensaron algún día que acabaron contigo, dejándolos más heridos que cuando ellos te atacaron a ti.


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